“Nunca hemos sido trumpistas”, decía esta semana Antonio Tajani. El vicepresidente del Gobierno italiano mira a las elecciones de medio mandato, calcula la dimensión del varapalo y se lava las manos como si los conservadores italianos nunca hubieran dado coba al jefe de filas republicano. “Meloni tampoco es una MAGA, por Dios”. En la hemeroteca, porfiada y rencorosa, Tajani defiende el premio Nobel para el presidente estadounidense y Meloni visita Mar-a-Lago para defender el trabajo conjunto sobre la base de unos valores compartidos.
Malos momentos para la internacional reaccionaria. Hasta hace apenas unos días mencionábamos el auge de la extrema derecha como una suerte de profecía autocumplida. Parecía que el populismo conservador fuera una plaga sin remedio, una ola de calor, un tsunami violento y desbordante. En Alemania, dos victorias consecutivas de AfD nos ponían en alerta y eclipsaban a su modo la victoria de Die Linke en Berlín.
Las tornas han cambiado. En el plazo de diez días, Aleksandar Vučić ha fracasado en Serbia, Benjamin Netanyahu ha perdido la mayoría del Knéset israelí, Flávio Bolsonaro ha salido por piernas tras caer frente a Lula y Donald Trump se ha llevado un guantazo histórico en unas elecciones de medio mandato que confirman el hastío de la sociedad estadounidense. Habría que sumar aquí el desalojo de Viktor Orbán en Hungría.
Aquí y allá, los electores han entendido la diferencia abismal entre lo que los conservadores prometen y lo que terminan por ofrecer. En Estados Unidos, la economía de guerra parecía una condición indispensable para la prosperidad. Sin embargo, tras los bombardeos en Irán ha llegado la inflación, el encarecimiento de servicios y productos esenciales y un desorden general en el mercado de carburantes. Por si fuera poco, hay también una sensación permanente de corrupción que ha afectado a Netanyahu, a Orbán y a Vučić.
Es verdad que Brasil o Israel son precedentes poderosos, pero Trump es una pieza de caza mayor hasta el punto de que llamamos trumpistas a los satélites ultraconservadores europeos. Los republicanos afrontan ahora un final de mandato marcado por un Partido Demócrata renacido y poco parecido a lo que habíamos visto hasta ahora. El contexto histórico no solamente deja el populismo derechista en posición de debilidad, sino que además da pie a articular alternativas más radicales.
Cabe suponer que esta tendencia va a impregnar las elecciones españolas del próximo 29 de noviembre, pero quizá también las presidenciales francesas del próximo año. Las protestas sociales, desde luego, han retratado a una extrema derecha que quiso parecer subversiva pero que es percibida como muleta del poder. Ahora que pierden hasta el apoyo popular, podría empezar la desbandada. Habrá quien jure que nunca fue trumpista ni lepenista ni voxero, por Dios, por quién me toma usted.
