Ayer escuché en directo la alocución de Lluís Puig en Terrassa después de nueve años de destierro. Con la voz entrecortada y cierta disposición a la épica, el exconseller resumió su retorno con una metáfora deportiva: “Avui Catalunya guanya per 2 a 0 a l'estat espanyol”. El primer derrotado sería el propio Estado, que ha tardado casi una década en hacer lo que pudo haber hecho en 2017. El segundo derrotado sería la judicatura, los marchenas, llarenas, garcías-castellón y otros chicos del montón.
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No queda tan claro, sin embargo, que los togados hayan salido malparados de este entuerto. Algunos de ellos han hecho y deshecho a su antojo, han jugado con vidas ajenas y han promovido interpretaciones partidistas de leyes también partidistas. La derrota consiste, si acaso, en que el Tribunal Supremo ha dado su brazo a torcer entre palabras gruesas contra el Tribunal Constitucional. Progresistas contra conservadores: el marco mezquino que delimita la aplicación de la ley en España.
El mismo Puig reconoce que la victoria de la amnistía es incompleta, pues aún queda un centenar de personas a la espera. Así de multitudinaria fue la ofensiva penal. Es natural que la euforia dé lugar al optimismo independentista, pero sería ingenuo olvidar el papel pedagógico de la represión contra el 1-O: el objetivo no era solo abortar un proceso democrático, sino mostrar a otros movimientos de masas los límites angostos del llamado Estado de derecho. Quienes ostentan y usan el monopolio de la violencia pueden anotarse aquí un tanto.
Lo que sí ha salido maltrecho es la reputación de la judicatura, al menos ante aquellos que aún confían a ciegas en las garantías absolutas del Estado liberal. La chapuza judicial contra la ley de nietos ha dejado sin derecho a voto a miles de ciudadanos cuya nacionalidad nadie pone en duda. Extraña democracia que prohíbe o castiga el voto. Algunos juristas consideran que aún es posible llevar un nuevo recurso al Constitucional. Viva la esperanza.
Entretanto, el PP y Vox deshojan la margarita electoral con los ojos puestos en el Senado. Sueñan los conservadores con comerse los tres quintos de la cámara y ejercer sobre el Constitucional el influjo que ya ejercen sobre el Supremo. “Controlando la Sala Segunda desde detrás”, escribía hace ocho años Ignacio Cosidó en un WhatsApp traicionero que nos dice un par de cosas sobre la imparcialidad de la Justicia.
Puig ha vuelto, pero quedan otros por volver. La amnistía está en vigor, pero sigue inacabada. El 29 de noviembre sabremos, entre otras cosas, si regresamos al punto de partida, a aquel 2017 en que el PP gobernaba a palo limpio y no había visos de resolución. Es lo malo de las victorias temporales. Que son fácilmente reversibles.
