Hoy en el pueblo hay cine de verano. La película no parece gran cosa, pero volveremos a sentarnos todos juntos bajo las estrellas en un clima de secreto regocijo, arrullados por el canto de las ranas y respirando ese aire de sosiego y hierba seca que desprenden las vacaciones en el campo. Necesitamos vernos las caras y sonreírnos, pero lo que más necesitamos es repetir una y otra vez los viejos rituales. Por eso, cuando vuelve el cine de verano, uno tiene la confortable sensación de que las cosas siguen en su sitio.
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Recuerdo con nitidez las películas que he visto al aire libre. Hace muchos años, en un patio industrial de la ciudad de Łódź, tuve ocasión de asistir a una proyección de La quimera del oro de Charles Chaplin. Una película sin diálogos en un ruidoso cine de verano tiene algo de viaje en el tiempo, pues el cine mudo solía degustarse así, junto a una alborotada comunidad y en una atmósfera indomada de circo ambulante. Los personajes se expresaban con gestos, así que correspondía al espectador poner palabras a la imagen. El público reía, gritaba y llenaba el aire con sus comentarios de diversión o de asombro.
“El cine sonoro inventó el silencio”, dijo Robert Bresson. Por una parte, el silencio de los personajes adquirió un mayor valor expresivo en contraste con los diálogos. Por otra parte, el público se acostumbró a cerrar la boca para poder escuchar las películas. Víctor Erice atribuía el auge del cine sonoro, entre otras cosas, a las necesidades propagandísticas de los líderes políticos en los años treinta. Cuando Leni Riefenstahl presentó El triunfo de la voluntad, el público alemán calló para que pudiera hablar Adolf Hitler.
El figuerense Jaume Miravitlles representa como nadie esa transición desde el silencio hasta la palabra política. En 1929, por obra y gracia de Luis Buñuel, apareció junto a Salvador Dalí en Un perro andaluz, ambos vestidos de hermanos maristas. Tras la sublevación militar de 1936, Miravitlles promovió el rodaje de documentales antifascistas al servicio del Comissariat de Propaganda. Bajo su mandato, por ejemplo, Laya Films produjo El entierro de Durruti. Al contrario que Dalí, rendido admirador del franquismo, Buñuel y Miravitlles hubieron de resignarse al exilio.
El 15 de octubre de 1940, las carteleras de Barcelona ofrecían películas de George Cukor, Frank Capra y John Ford. Aquella misma mañana, en el foso de Santa Eulàlia del castillo de Montjuïc, un pelotón de fusilamiento había asesinado al president Lluís Companys. Muchos años después, el lugar del crimen se convirtió en un cine de verano. Nathalie Modigliani, Mireia Manén y Guillem Galera quisieron imitar las noches de La Villette de París y empezaron su aventura barcelonesa con una proyección de Amélie. Desde entonces y cada verano, la ciudad se sienta frente a la pantalla a la fresca de las estrellas. Al cobijo de los demás.
