Cuando regrese Puigdemont

«La emancipación nacional catalana y la reconciliación nacional española suenan ahora como dos proyectos antagónicos. Puigdemont abandonó una Catalunya que ya no existe»

16 de juliol de 2026

Hace algunos años, cuando el procés hervía de entusiasmo, un sector del independentismo soñó con el regreso triunfal de Carles Puigdemont. La presidencia de Quim Torra era vista entonces como un paréntesis forzoso, un remedo fugaz, una tapadera. Puigdemont era el president legítimo por mucho que el artículo 155 hubiera acallado por la fuerza la voz de las urnas. Debía llegar el día en que las aguas volvieran a su cauce y el bastón de mando volviera a sus legítimas manos. Aún quedaba algún deseo de soñar un futuro republicano sin presos ni represaliados.

Una teoría más pesimista, sin embargo, fue ganando peso en el ambiente. Era razonable pensar que Puigdemont conservaría su voz de mando, siquiera desde la lejanía de Waterloo. Era también sensato valorar el capital simbólico de un president forzado al exilio. Lo que ocurre es que el tiempo y la distancia no siempre juegan a favor de nuestras aspiraciones. Se intuía que la rutina administrativa terminaría reafirmando el marco autonómico. También era previsible que la pugna entre Junts y ERC acabara por romper las costuras de la unidad independentista.

Ahora lo vemos todo más claro. A día de hoy, el peso de Puigdemont en la política española es inequívoco y no debemos subestimar el papel de su partido en la aprobación de la ley de amnistía. Pero la política catalana ha sufrido una mutación en apariencia irreversible. De hecho, una buena parte de los votantes de Junts parece haberse decantado por Sílvia Orriols. Así lo sugiere la última encuesta del Centre d'Estudis d'Opinió, que viene a confirmar una sospecha generalizada.

Los optimistas más recalcitrantes se aferran a otro dato: el apoyo a la independencia ha crecido hasta recuperar el aliento de otros años. El problema, claro está, es que no hay independentismo viable sin que medie alguna estrategia de unidad. Y nunca hemos estado tan lejos de ese panorama. Al clima de desencanto hay que sumar una larga lista de agravios y rencores entre partidos. El crecimiento de Aliança Catalana tampoco parece contribuir a una hipotética atmósfera de concordia.

En estas, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea llega para avalar la ley de amnistía. Entre las razones jurídicas, se ha apelado a la reconciliación nacional y a la voluntad de apaciguar el conflicto. Aquí aparece una curiosa paradoja: la legitimidad de Puigdemont emanaba precisamente del conflicto con el Estado. La emancipación nacional catalana y la reconciliación nacional española suenan ahora como dos proyectos antagónicos. Puigdemont abandonó una Catalunya que ya no existe. Cuando regrese sin riesgo de condena, y ojalá sea pronto, estará condenado a reinventarse.

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