Se ha montado una buena tangana porque Catalunya ha quedado fuera del informe PISA por un error en la muestra. La cifra de estudiantes excluidos era demasiado alta, de modo que los resultados cosechados no pueden tomarse en consideración. Es un problema de representatividad: para que las muestras sean válidas y comparables entre sí, las pruebas deben llevarse a cabo en las condiciones requeridas. La exclusión masiva de participantes puede distorsionar al alza los resultados, y eso es exactamente lo que se sospecha que ha ocurrido.
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Sobre el papel, los alumnos catalanes superan la media estatal tanto en lectura como en matemáticas y ciencias. No obstante, los resultados no casan con los datos recogidos en 2022, que mostraban una caída severa en esas tres mismas competencias. Así, mientras otras comunidades autónomas lamentan el batacazo de sus estudiantes, Illa ha conseguido llevar el debate al terreno de los procedimientos. El 23 de septiembre escucharemos sus razones en el Parlament.
Uno de los inconvenientes del informe PISA es que ofrece un terreno fértil para los titulares catastrofistas. Leyendo periódicos de aquí y allá, uno puede llegar a pensar que nuestros jóvenes son unos vagos redomados, no leen ni el tebeo y se han quedado gilipollas de tanto enredar con las maquinitas. La realidad, en cambio, es que la educación abarca factores diversos y sería un despropósito querer resumirlos en la tinta de un titular.
No es cierto que los jóvenes no lean. Al contrario, el Institut Català de les Empreses Culturals identifica el porcentaje más alto de lectores entre los 14 y los 24 años de edad. Lo que señala el informe PISA es un desafío más concreto: las tareas que exigen una lectura enfocada y sostenida de textos exigentes y complejos. Y aquí es donde aparece la preocupación por los excesos de las pantallas, las redes sociales y la inteligencia artificial.
La consejera de Educación, Esther Niubó, no ha querido conceder demasiada importancia al traspiés del informe PISA, pues la Generalitat cuenta con evaluaciones propias que permiten tomar el pulso al sistema educativo. Quizá lo dice porque el personal está recurriendo a las pruebas PISA para poner en cuestión todo el modelo pedagógico, y hasta hay quienes aprovechan el alboroto para culpar a la inmersión lingüística. A río revuelto, ganancia de oportunistas.
Conviene repetir lo elemental: las pruebas de lectura, matemáticas y ciencias arrojan una información valiosa pero no miden por sí solas la salud de todo un sistema educativo. Entre otras cosas porque el informe también recoge otras cuestiones que ayudan a obtener una visión más amplia. Hablamos de la perseverancia, la brecha socioeconómica o el acoso escolar. Aquí habría que añadir la financiación, las ratios, las infraestructuras o las garantías salariales, problemas que los docentes en huelga señalan e Illa no termina de solventar.
