Después de una larga y tediosa travesía por el desierto, Juan Carlos I ha regresado a los titulares de prensa con su vieja vitola triunfal de salvador de la democracia. Ha bastado desclasificar una montaña de papeles para que los medios de comunicación obren el milagro de devolverle al emérito el honor arrebatado. Basta de cuchicheos maliciosos. Se acabaron las calumnias conspiranoicas. El rey no conspiró antes del 23-F, sino que frenó con su mano providencial la malvada aspiración de los golpistas. Larga vida al rey.
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El común de los mortales, que no tiene ni tiempo ni ganas de tragarse el tocho de documentos revelados, debe confiar a ciegas en el resumen que le brinden los periódicos. El País, por ejemplo, dice que la figura de Juan Carlos I ha superado la prueba de los archivos secretos. El Mundo confirma que el soberano español desactivó el golpe. El ABC, henchido de orgullo real, nos dice que el Borbón paró a los sublevados. Lo mismo concluye Felipe González. El juego ha terminado. Aquí no hay nada que ver. Circulen.
La lavandería mediática funciona a toda mecha mientras algunas voces discrepantes reclaman, como mínimo, un pellizco de pudor y de prudencia. Nadie en su sano juicio defendería que los papeles desclasificados representan todo el grueso documental. En primer lugar, porque el Estado tiene capacidad suficiente para destruir o retener las pruebas más comprometedoras. En segundo lugar, porque no todas las informaciones determinantes terminaron registradas en un papel o un magnetófono.
Hay una tercera cuestión crucial. Frente a la masa inabarcable de informes, el ecosistema mediático español ha formulado una interpretación casi unánime. De hecho, el chascarrillo conyugal de la esposa de Tejero ha ocupado más espacio que otros documentos más sustanciosos. Una lectura atenta de los papeles, en cambio, arroja luz sobre algunas viejas sospechas. Según el CESID, por ejemplo, Juan Carlos I se habría reunido con Jaime Milans del Bosch para pedirle que no dañara la Corona en el proceso. ¿Nadie recuerda ahora los audios del emérito con Bárbara Rey? “Me río de Alfonso Armada. Ha pasado siete años en la cárcel y el tío jamás ha dicho una palabra”.
“Es imposible que él no lo supiera”, dice el historiador Julián Casanova en referencia al emérito. La desclasificación de los papeles no le ha hecho cambiar de opinión. “Hay mucha más información”. Lo que sí sugieren los archivos liberados es que el Ejército estrechó los límites del desarrollo democrático. Dice el Ministerio del Interior que los militares estaban descontentos con las demandas nacionales de los pueblos del Estado. Calvo-Sotelo se jacta de haber calmado las aguas con su “intento de control autonómico”. Y hasta hoy.
“Sería deseable que el Rey Emérito regresara a España”, dice ahora Feijóo llamando a la reconciliación con el héroe del 23-F. Las tripas del Estado no solo son un enorme almacén de mierda, sino también un eficaz túnel de lavado.
