Cada vez que llega Sant Jordi, se me llena Internet de rosas, espadas, dragones, recomendaciones literarias, libros que traspasan la muralla de píxeles y se convierten en materia viva. La memoria se dispara. Recuerdo sin querer una firma de libros en Barcelona, una repentina tempestad, los compañeros de la editorial Bellaterra poniendo el género a salvo del naufragio. Leer es un modesto acto de resistencia, me digo. Pero para que la lectura sea posible, debe haber otras resistencias anteriores, custodios que desafían prohibiciones, bibliófilos que no se resignan al abandono.
Llegeix aquí l'article en català de Jonathan Martínez.
En 1992, durante el asedio de Sarajevo, Mustafa Jahić decidió exponerse a las balas de los francotiradores para poner a salvo la vieja biblioteca de Gazi Husrev-beg. Formó una pequeña cofradía de resistentes. Con el corazón en un puño, atravesaban el río Miljacka cargando cajas de libros, códices manuscritos, papeles surcados de lengua árabe, persa, turco otomano o bosnio escrito en arebica. Entre las joyas rescatadas hay un clásico de al-Ghazali copiado en 1105, cuando los selyúcidas aún extendían su influencia desde Jorasán hasta Anatolia.
En 2003, cuando las bombas extranjeras caían sobre Irak, Alia Muhammad Baker quiso poner a resguardo los fondos de su biblioteca en Basora. Como las autoridades se habían desentendido de ella, la bibliotecaria comenzó a sacar los libros con la ayuda desinteresada de sus vecinos. Pusieron a salvo unos treinta mil volúmenes antes de que el edificio terminara devorado por el fuego. La periodista Shaila K. Dewan recogió esta historia en The New York Times. Según su reportaje, algunos de los voluntarios que habían evacuado la biblioteca ni siquiera sabían leer.
No me resisto a mencionar a Agustí Duran, que puso en riesgo su propia integridad en el empeño de salvar libros y archivos catalanes durante la guerra del 36. Con una firmeza temeraria, puso en marcha una red de camiones que recogía y desalojaba el patrimonio documental de las zonas de riesgo. Lo llamó la “Cruz Roja” de los archivos. Aquella tarea de salvaguarda lo puso en el punto de mira de las autoridades franquistas, que no solo lo depuraron como funcionario, sino que además lo sometieron a un consejo de guerra por su filiación catalanista y republicana.
“Hay más libros en el mundo que horas para leerlos”, decía Umberto Eco en una conversación con Jean-Claude Carrière. ¿Qué sentido tiene entonces jugarse la vida por rescatar toneladas de papel? El propio Eco nos regala la respuesta: incluso las obras que no hemos leído pueden terminar por influirnos. Acumular libros no solo sirve para invitarnos a la curiosidad intelectual sino también para recordarnos los estrechos límites de nuestro conocimiento. Yo tampoco he leído todos los libros que los trabajadores de Bellaterra salvaron de la lluvia aquel Sant Jordi. Ojalá quede al menos una brizna de todo ese saber en estas palabras.
