El martes pasado, justo antes de que se anunciara el alto el fuego entre EEUU e Irán, los periódicos digitales llevaban en grandes titulares el ultimátum de Trump. Había que rebuscar entre las palabras gruesas para dar con una noticia mucho menos ruidosa: Pakistán proponía un plazo de dos semanas con el objeto de explorar un entendimiento. Finalmente, la noticia pequeña se impuso a la noticia grande. Habrá una toma de contacto en Islamabad que servirá para valorar las demandas del gobierno iraní.
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Como de costumbre, Trump abre un enorme abismo entre lo que dice y lo que realmente hace. Las palabras pueden ser tan devastadoras como los misiles. De hecho, el presidente estadounidense se ha labrado una fama imprevisible que le permite controlar la narrativa incluso cuando la guerra se le pone cuesta arriba. La lógica del algoritmo se ha instalado en la política internacional. Así es como el exabrupto gana una centralidad informativa que deberían ocupar las tentativas pacificadoras.
Antes del armisticio, cuando el mundo especulaba sobre holocaustos nucleares, el analista iraní Trita Parsi interpretó las amenazas de Trump como un farol. De acuerdo con esta hipótesis, Estados Unidos no tiene la capacidad de escalar el conflicto hasta la devastación sistemática de instalaciones energéticas. Ese atrevimiento desencadenaría una respuesta simétrica del Ejército iraní sobre sus vecinos petroleros y dispararía los precios del crudo. Las últimas intimidaciones de Trump sonaban más bien a lamento desesperado justo cuando el precio del barril de Brent alcanzaba un techo histórico.
La paz de Islamabad es frágil entre otras cosas porque la guerra no incumbe exclusivamente a EEUU y a Irán. En realidad, es difícil no entender el conflicto como una prolongación del genocidio de Gaza. Los ataques de Israel sobre el Líbano dibujan a un Netanyahu que juega, como Trump, a aparentar una suerte de fortaleza psicopática. Mientras EEUU pasa por el aro negociador, el primer ministro israelí asegura que mantiene “el dedo en el gatillo”.
Israel, que acaba de legalizar la ejecución de palestinos, prevé celebrar sus elecciones legislativas el próximo otoño. Durante los próximos meses, Netanyahu tratará de convencer a un electorado que no termina de dedicarle una máxima adhesión en las encuestas. El líder del Likud no puede concederse el lujo regresar con las manos vacías de esta guerra. De momento, EEUU e Israel no han conseguido los objetivos que se marcaron en febrero. Mataron a Alí Jameneí, pero su hijo se ha legitimado en las operaciones de defensa.
Un mes después de los primeros bombardeos, Trump presume de haber desbloqueado un estrecho de Ormuz que siempre estuvo abierto. Ahora Israel pone en peligro el alto el fuego con su aventura libanesa. El problema de Trump no era tanto Jameneí como Netanyahu.
