Yonquis de internet

«Las redes sociales funcionan como una especie de nicotina digital, pero ya no nos preocupa el cáncer de pulmón o el enfisema, sino la salud mental de las nuevas generaciones»

27 d’agost de 2026

En noviembre de 2024, en medio de una intensa controversia, el Parlamento australiano resolvió prohibir el acceso a las redes sociales a los menores de dieciséis años. Dos meses antes, una niña de doce años llamada Charlotte O’Brien se había quitado la vida tras un intenso episodio de acoso escolar. Su madre, Kelly O’Brien, culpó a las redes sociales y remitió una carta al primer ministro, Anthony Albanese, para que interviniera en favor de la infancia. Aquel mensaje fue decisivo para que Australia adoptara el camino de la prohibición.

En 2014, otro suicidio había conmocionado al país. Charlotte Dawson, presentadora de televisión, apareció ahorcada en su apartamento dos años después de haber sufrido una campaña de ciberacoso en Twitter. Tenía cuarenta y siete años. En 2012, algunos internautas la habían invitado a suicidarse y ella acabó en el hospital después de haber intentado irse al otro mundo con un cóctel de alcohol y pastillas. Cuando por fin logró quitarse de en medio, los periódicos no culparon tanto a las plataformas como a sus usuarios.

Traigo estos dos casos a modo de antecedentes de una noticia actual: Meta tendrá que abonar hasta 17.100 millones de dólares para zanjar los litigios que acusaban a la compañía de fomentar un consumo adictivo entre los menores. Mark Zuckerberg anuncia cambios en sus plataformas y se compromete a implantar restricciones de tiempo. Los periódicos han comparado este acuerdo con el cerco judicial contra la industria tabacalera. Las redes sociales funcionan como una especie de nicotina digital, pero ya no nos preocupa el cáncer de pulmón o el enfisema, sino la salud mental de las nuevas generaciones.

El paralelismo con el tabaco, no obstante, es inexacto. Es verdad que Philip Morris, por ejemplo, tuvo que indemnizar a dos demandantes que habían empezado a fumar siendo menores. La publicidad y las muestras gratuitas desempeñaron un papel acreditado. Pero también es cierto que el cerco contra el tabaco va mucho más allá de la edad de los fumadores. En 1998, las tabacaleras estadounidenses se comprometieron a pagar 206.000 millones de dólares para paliar el coste sanitario de las enfermedades relacionadas con el tabaco.

Es evidente: los menores ocupan el eslabón más débil frente a la industria de la adicción digital. Eso no quiere decir, sin embargo, que los adultos seamos inmunes a los estragos del algoritmo. En diferentes estudios con mayores de edad, el uso compulsivo de las redes sociales se relaciona con índices más altos de depresión, ansiedad, estrés, soledad y mala calidad del sueño. Entre el suicidio de Charlotte Dawson y el de Charlotte O’Brien median diez años. Durante esa década, las grandes tecnológicas han medrado sin que ninguna instancia pública haya conseguido ponerles pleno coto. Somos yonquis de internet. Que nadie nos quite nuestra dosis.

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